Los “otros” Argentinos me comentaron que hay un lugar llamado “Goodwill” acá en Estados Unidos dónde se puede comprar cosas de segunda a un muy buen precio. Las cosas en general son usadas, pero el “usado” para nosotros no es el mismo “usado” para la gente de acá. Decían que podés encontrar cosas en muy pero muy buen estado e incluso algunas nuevas, o muy parecido.
Eso mismo comentaron ayer por la mañana en el desayuno, dónde también estaban David y Lisa (su esposa). Entonces, ellos se rieron y nos dijeron que “Goodwill” no es nada en comparación a “los bins”. Nos explicaron que luego de que las cosas pasan mucho tiempo sin venderse en los diferentes “Goodwill” las mandan a “los bins” y ahí te venden las cosas por peso. “¿Cómo por peso?” – “Sí, agarrás un canasto, metés pantalones, remeras, gorros o lo que te interese. Los pesan y te dicen cuánto es
“
“Los bins” son como tachos de basura gigantes, o como fuentes gigantes digamos, ya que no tienen tapa; donde todo está mezclado con todo, la gente revuelve y si encuentra algo que le gusta, lo pesan y lo paga. Lisa nos quiso mostrar un video sobre “los bins” para que veamos como es un poco la cosa (vale la pena verlo y mejor si se entiende la letra):
Así y todo, no nos imaginabamos como era el lugar. O quizás sí lo imaginabamos pero no estábamos seguros de entender. Entonces, David propone que vayamos luego de desayunar. Así que, después de un rato arrancamos para allá.
Ni bien entro… “Shockié”. Increíble cantidad de cosas, no solo ropa, puesto en diferentes fuentes (piletas, o no sé) grandes de dónde la gente revolvía para ver si había algo que le interese. Zapatillas (quizás los pares separados o no…), camisas, sacos, gorros, remeras, jeans, pantalones… ¡Lo que se te ocurra! También había microhondas, licuadoras, carpas, cosas de golf, cds, computadoras… ¡DE TODO!
Excepto las cosas que tienen precio (que están separadas y acomodadas en otros lugares), como ser los sillones, colchones, muebles, sillas de computadora y algunas otras cosas más… Todo, pero todo todito lo demás, es por peso. Sí, no tiene sentido alguno, pero funciona así. Todo se pesa y todo sale lo mismo. Sea de polar o de algodón o plástico o de metal. Da igual.
Había muchas cosas interesantes para comprar. Cosas que realmente sirven. Por ejemplo, una silla de computadora mejor que la que tengo en mi casa, salía $7 y un sillón $12. Me probé algunas zapatillas que estaban zarpadas, pero me quedaron apenas chicas. También busqué ropa y demás, pero es tan grande el lugar que la verdad hay que ir con tiempo y elegir bien las cosas y como yo estaba medio shockeado todavía, había perdido mucho tiempo dando vueltas, mirando y observando la gente o simplemente mirando las cosas que se podían comprar pero muy por encima.
Finalmente, me compré: una botella de agua típica de USA, un bolso térmico chiquito y un router Cisco. “Mmm… ¿cómo sé si este router anda?. Mmm… bueh, no, no sé. Lo llevo igual, si total no pesa nada
” Esas tres cosas, me salieron $2.16
Para mi satisfacción, cuando llegué a lo de David, pedí prestado un transformador de 12v y probé mi router y… Anda! “Culeado, tengo un router nuevo por $(2.16 / 3) dólares”
Los bins… Una experiencia única.
La historia de los Argentinos éstos es muy larga. De hecho, hace más de 2 años que salieron de Argentina y que están viajando. Así que no me voy a explayar en eso. La cuestión es que se hicieron amigo de un tal Brynden y él nos llevó a las waterfalls (Multnomah Waterfalls) que hay acá en Portland, a unos 30 minutos en auto.
Llevamos un poco de comida (unos sandwiches en una canasta muy chistosa -la de caperucita roja, pero amarilla-) y algunas frutas que comimos en la cima de la cascada / cataratas o como sea la traducción de “waterfalls”
La semana pasada, no recuerdo bien si el sábado o domingo, David me había dicho que había conocido unos Argentinos en la filmación de un video clip para una banda de música local (March Fourth), que filmaron en una cárcel de acá de Portland. Al día siguiente de ésto, yo me junté a malabarear con John y David nos había dicho que capaz que se unía e iba con los Argentinos éstos a malabarear… Nunca apareció.
Ese día, después de los malabares me fui a la reunión de “Grupo de Usuarios de Python en Portland” y atendí a algunas charlitas que dieron los muchachos. No fue fácil entender porque hablaban muy rápido y eran temas que no dominaba fácilmente. Así que fue difícil serguirles las charlas. Después de eso, bastante cansado, encaro viaje en bus para la casa de David y cuando llego me encuentro con dos personas “nuevas” sentadas en la mesa del comedor de la casa. Ellos eran Guillermo y Julieta, los famosos argentinos.
Charla que va, charla que viene, se hicieron como las 2 de la mañana y nosotros seguíamos ahí. La verdad que hacía mucho tiempo que no conversaba con alguien, que no participaba en una conversación fluída e interesante. En otras oportunidades había notado que capaz que pasaba un día entero sólo y que no hablaba con nadie más que para pedir algo para comer o algún que otro comentario. Fue realmente placentero tener una conversación larga y mucho más que interesante. Los chicos vienen viajando en auto desde Córdoba y van hasta Alaska. ¡Sí, si!, en auto. Un Renault 18 (“El mañoso”) con toda la onda, cocina y cama. ¿Qué más querés?
La cuestión es que a David se le llenó la casa de malabaristas y, encima, Argentinos! Muy gracioso. David les ofreció hospedaje a ellos diciéndoles: “Tengo un Argentino malabarista en mi casa”. Así que, desde ese día, hemos estado compartiendo las comidas, las charlas, el mate y muchos momentos lindos. Fue muy loco encontrarme con ésta gente en el viaje y muy notoria la diferencia cultural. Inmediatamente nos conocimos ya éramos amigos.
Me alegro mucho de haber encontrado ésta gente en el camino. Compartí muy lindos momentos desde que llegaron y además me dieron más ganas de salir a recorrer mi país cuando vuelva (concretar la idea original de viajar -antes de EEUU y todo ésto-). No sólo que se puede, sino que está mucho más cerca de lo que uno se imagina ![]()
Acá están fanatisados con el Salmón. Hay unos lugares cerca de acá dónde se puede ir a ver como los salmones vuelven al lugar que nacieron, río arriba. Aunque todavía no he ido, me lo anotado para hacer cuando vuelva de San Francisco porque me parece que no voy a poder ir antes de irme de acá.
El otro día encontré un Salmón en el medio de Downtown.
El Martes pasado fue uno de los “El primer Martes de cada mes”, que es lo que dice el sitio web del Zoológico de Oregon sobre el precio especial. Sale $4 en vez de $12 que sale los otros días. Así que, como ya lo tenía agendado, encaré para allá a la mañana temprano porque me había dicho que era grande.
Ni bien llego (esta vez no conocí a nadie en el trayecto
), hago la cola para pagar la entrada y me dicen que si había ido en MAX tenía un descuento de $1.5 dólares. Jo! así que, entregué el pasaje (ya que había ido en MAX) y pagué solo $2.5 ![]()
En términos generales, el zoológico no es algo que me guste mucho, me da un poco de cosa ver los animales en las jaulas esas y qué se yo. Lo que tiene de bueno es que vi animales que no sé de qué otra forma podría ver en mi vida. Pero después, no está bueno. O sí, no sé, el Zoológico como zoológico, si te gustan, estaba re copado. Era muy grande… grande. O sea, grande. Me tomó como 4hs recorrerlo entero y a lo último me tuve que apurar porque tenía una reunión en otro lado. Entonces bueno, sacando que a mi me dio cosita ver los animales ahí, está muy bien hecho y cuidado.
El lunes pasado me fui a caminar un poco y seguí uno más de los paths del libro que me compré. En ésta oportunidad un camino bien cortito en medio de la ciudad (aunque alejado de Downtown) dónde no estuve mucho tiempo porque bajé del colectivo en el que estaba yendo a otro lado para tomarme un rato y caminar por ahí.
Igualmente, encontré cosas locas como un lugar que es un “Bike Shop & Bar”. Eso sería algo así como que mientras arreglás tu bicicleta con tus propias manos, o pagás a otro (como quieras), te podés tomar una birra. En frente de ese había uno llamado “I Love Retro” que tenía de lo que busques en cosas antiguas y no tantos. Yo vi una guitarra “Fender Squier” acústica con cuerdas de acero hermosa a $35 dólares. Todavía estoy pensado cómo hago para llevarla de vuelta en el avión para poder comprarla ![]()
Estas historias escritas bajo tierra son parte de mi segundo libro de cuentos, Los caballeros de la Rosa.
Luego de un día caluroso de trabajo en la Capital Federal, me metí en el subte como una forma rápida de llegar a mi departamento. Llevo dos años viviendo en esta ciudad y ya perdí el entusiasmo de los primeros meses por el tren subterráneo. Mi cara ya es la de todos los porteños, aburrida, de mirada perdida o con los ojos sobre alguna lectura ocasional, escuchando los ruidos de la vía de fondo. Por suerte, para variar un poco, en la línea D siempre hay algún “espectáculo”. Un viejo borracho cantando folklore, un joven chileno que se cree Luis Miguel, con su guitarrita al hombro tratando de enamorar a alguna señora, o un tanguero de los arrabales. En esta ocasión fue el turno de Marcos, de México: mago.
Cuando las puertas se abrieron y me apuré a entrar, la función ya estaba empezada. Agitaba en sus manos un mazo de cartas mientras señalaba victorioso una con el dedo, seguramente antes elegida sin mostrársela por alguno de los pasajeros. Volvió al extremo del vagón y se acercó a una señorita que no le prestaba nada de atención. La colegiala estaba encerrada en sus propios pensamientos y se asustó cuando él le acercó su mano por detrás de la oreja. Una tras otra empezó a sacar cartas, sacó la baraja completa sin conseguir arrancarle una sonrisa a la única persona que había despertado su interés. Acostumbrado a perder, se resignó y siguió adelante con su show, a fin de cuentas se acercaba la noche y necesitaba dinero para poder comprar comida.
“Hacer este tipo de truco siempre me da mucha sed”, decía mientras sacaba de su improvisado baúl una caja grande de zapatillas, una lata abierta de una renombrada marca de Cola y un vaso de tergopol extra large. Nos mostró el vaso mientras empezaba a derramar gaseosa dentro de él. Para sorpresa de la audiencia, soltó el vaso en el aire y logró la ilusión de que el mismo era sólo sostenido por el chorro de bebida que caía desde un poco más arriba. Logró ganarse el aplauso de todos los que mirábamos asombrados y hasta la joven que se había mantenido inmune a sus encantos se corrió de atrás de su coraza y batió un par de veces las palmas. Cuando llegamos a la estación Agüero, se despidió con una reverencia y se bajó. Antes de hacerlo había puesto la lata de gaseosa dentro del vaso y los había colocado en el piso del subte.
Varios nos quedamos mirando los elementos, especialmente los que habían comentado cosas como “debe tener unos hilos sosteniéndolo”. Uno se animó y decidido juntó los objetos del suelo. Con cara de sorpresa se los mostró a los demás: no había nada. Pero lo realmente sorprendente ocurrió unos segundos después. En la siguiente parada, tras las aperturas de las puertas, Marcos, el mago mexicano, entró y le quitó de las manos los recipientes al sorprendido pasajero. “Permiso, me olvidé esto”. Y, antes de que las puertas volvieran a cerrarse, salió. No sin antes guiñarle un ojo a la muchacha que lo miraba sin comprender. Tras de sí, el mago subterráneo, dejó la catarata de aplausos más grande que yo haya escuchado.
Con violentos golpes hace sonar las cuerdas del violonchelo. Sentado en un banco de la estación Pueyrredón, el artista recibe las monedas de su público circunstancial en el fondo de un sombrero con alas. Gris y gastado, el recuerdo del abuelo le hace de caja de ahorros a la vez que lo protege del invierno cuando sale a la superficie.
Con violencia, pero con gracia, le va arrancando las notas al pesando instrumento que recuesta sobre su hombro derecho. Una señorita de bufanda casi tan larga como para barrer el piso se queda escuchándolo un buen rato y luego deja un billete de 5 pesos. Él le agradece con una sonrisa reverencial. No es algo de todos los días. Y menos de un minuto después hace una pausa casi imperceptible para echarse el billete en el bolsillo del saco. Por las dudas.
Luego de la última bocina de alerta, el subte cierra sus puertas. Como siempre, algunos quedaron del lado de afuera sin más remedio que esperar por el próximo. La chica de la bufanda larga está del lado de adentro. No hay lugar para sentarse, por lo que se acomoda a un costado, sosteniéndose firme con su mano derecha. En la siguiente estación se repite el ritual; las puertas se abren, gente entra y sale chocándose, bocina, alguna corrida, las puertas se cierran.
De todas las personas que subieron nos interesa un oficial de policía. Viste de uniforme aunque no tiene la gorra puesta, la sujeta con las dos manos y viaja con la espalda apoyada junto a una puerta. La chica de la bufanda larga alcanza a ver el interior de la gorra. Una imagen de Nuestra Señora de Luján. Se pregunta si estará en todas las gorras de todos los oficiales de policía o será un detalle solo de esta, bordada tal vez por una madre o esposa preocupada.
Estación Bulnes. La chica de la bufanda larga se baja y sube un anciano de sobretodo. Con pelo cano y ralo, el hombre hace su entrada tosiendo y quejándose. El subte amaga ponerse en marcha nuevamente pero carraspea antes de arrancar definitivamente. Como carraspea el viejo, que aprovecha la sacudida para volver a quejarse, aunque nadie lo escuche. Una joven muy delgada le da su asiento y se para junto al oficial de policía. Repara también en la imagen de la Virgen, pero le parece una pavada. Segundos después, a medida que el subte aminora la marcha, mira por la ventana el nombre de la próxima estación. Sí, es esta.
Pertenece a una especie de “club” en Internet que organiza encuentros muy extraños y fugaces. Una especie de diversión para personas aburridas de todo. ¿Quién será? Una de las personas que subió es un estudiante de secundaria de 16 años. Alto para su edad, pero todavía con cara de pavo y acné, mucho acné. Aprieta en su mano un papel con las coordenadas y la identificación: línea D, Plaza Italia, 3er vagón, 14:25, tatuaje en el cuello. La joven delgada no lo reconoció aún, pero eso no importa. Tal vez ni siquiera se voltee a verlo. Corre su cabellera con la mano dejando su cuello al descubierto. El símbolo chino en tinta negra funciona como un imán para su cómplice que se acerca por la espalda y se lo besa. El corazón le late con mucha fuerza, tanta que parece que se le va salir. No puede cree que se haya animado a hacerlo. Baja corriendo en Palermo.
El viejo, que vio toda la escena, murmura para sí mismo algo sobre los jóvenes de hoy en día, a la vez que recuerda con nostalgia alguna aventura de la juventud.
Algunas estaciones más atrás, un violonchelo toca La Cumparsita, último tema del día antes de volver a la casa.
El día recién empezaba pero yo ya quería que termine. Eran las 11 de la mañana de un día de noviembre de 2010 y, con mi mochila en la mano, viajaba a algunos kilómetros por hora debajo de la tierra. La línea D me alejaba de los pretenciosos barrios porteños y en una combinación y algunos minutos más estaría en Retiro. Qué nombre más apropiado.
Las puertas de la maquinaria se abrieron en Bulnes con ese característico silbido y como se abrieron, luego de la entrada de muchas almas, se cerraron.
No reparé en el hombre que había entrado empuñando un arma hasta que escuché a la mujer gritar “tiene un arma”, con un quejido desgarrador, y antes de que el sonido de su voz en función del tiempo describa una curva perfecta, el hombre la calló de un balazo.
Aturdido por la situación pensé en escaparme, pero una muralla de cuerpos se interponía entre mí y la puerta hacia el próximo vagón. De nada hubiese servido. No lo sabía aún, pero en los otros vagones también había hombres con armas empuñadas y uno a uno mataban a los pasajeros. Vi cómo algunos abrían las ventanillas y se arrojaban a las vías desde la máquina en movimiento. Mal negocio, cambiaban una muerte rápida, el beso de un pequeño ser de plomo, por la agonía de ser destrozados en aquel túnel.
Cuando no quedaba nadie vivo más que yo en el vagón me volví a sentir aturdido, más que antes. Miré a mi alrededor y el hombre del arma ya no estaba. Sin embargo, una sensación en la que no había reparado me asaltó de sobremanera. Allí, pesada, tibia, con los músculos de mi mano que la apretaban tensionados, estaba empuñada el arma.
Dedicado a todos los docentes zarpados que conocí en el Profesorado de Inglés de la UADER, que me hicieron volver a creer (al menos un poquito) en la Universidad, y para que sigan poniéndole toda la onda que le han puesto hasta el día de hoy, les dejo un regalito.
Ricardo, Alejandra, Sandra, Melina, Adriana, Antonella y algunos otros más seguramente… Gracias. Gracias a ellos estoy disfrutando mucho este viaje. Especialmente a Melina que me ayudó mucho para hoy poder estar acá y me corrigió al rededor de 4 millones de veces la /d/ y la /ð/ , a tal punto que bueno… lo tuve que aprender…
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